Odio San Valentín (1)

Llega, como todos los años, San Valentín, esa festividad creada para loor y gloria de los Centros Comerciales (es que se les acaban las rebajas de Enero).
Que no, que no reniego del amor, ni del romanticismo... Sólo de su transformación en forma de paquete de regalo, de golosina con extra de azúcar, sin mácula posible, o de las películas cursis que aprovechan para emitir por tv. El amor es otra cosa, algo vivo, que se acurruca, acaricia, busca, lame, come, gime, y también muerde, araña y se asusta en la oscuridad.
Dejaré, por tanto, a lo largo de la semana, algunos relatos o poemas surgidos de los talleres que dan una visión personal, o al menos no edulcorada, de las radiografías del corazón.
CONTARÉ MARGARITAS
Karol Urien
Julio entra silencioso y casi invisible al consultorio médico. Se alegra de que la puerta que conduce a pediatría esté cerrada. No quiere encontrarse con David; el pediatra simpático, alto y guapo que trabaja con su mujer. A su lado, Julio no puede dejar de sentir lo arbitraria que es la naturaleza. Se tiene que conformar con su metro sesenta y ocho, la incipiente alopecia que le asoma en lo alto y sus ojos acuosos de perro buldog. Toca suavemente la puerta de su mujer, la abre sigiloso y asoma la cabeza como un cuy.
-¿Estás sola?
-Sí, pasa.
-Hola, Puri ¿a qué hora terminas hoy la consulta?
-A la hora de siempre, qué preguntas me haces Julio, por Dios.
-Sí, bueno... ¿te apetece que salgamos a cenar a un restaurante esta noche? He oído hablar de un japonés que acaban de abrir en la Ribera, ¡te va a encantar!.
-Ya sabes que no me gusta derrochar dinero así como así. Qué más da cenar fuera o en casa... nos vamos a aburrir igual.
-¡Pero invito yo!- apunta Julio haciendo caso omiso al último comentario- y luego podríamos ir a la sesión golfa, han estrenado la última pelícu...
-¡No, no y no! nos quedamos en casa. Hay sopa y pollo y no quiero que se echen a perder.
-Como tú digas, Puri. Te esperaré en casa, cariño- su voz es un leve susurro de brisa muy lejana.
Sale cabizbajo de la consulta; se aferra al marco de la puerta de la entrada. El contacto directo con la madera no consigue tranquilizarlo demasiado.
-¿Estás bien, Julio? tienes mala cara- una voz masculina le saca del pozo.
-Ah, sí, claro, sí estoy bien, David- tiene que extender mucho la cabeza para mirar al pediatra; es dolorosamente consciente de su altura- Me tengo que ir, tengo prisa, hasta luego- Sale apresurado de allí sintiéndose especialmente patético.
Las nubes están a punto de parir, y una mezcla de humedad y contaminación le acompañan mientras piensa en la conversación que ha mantenido con Puri. Cuatro años de relación y una partida en solitario.
Entra en una boutique del pan y busca un lugar discreto en el que pueda tocar madera sin que nadie advierta el gesto. Con la yema del dedo índice, cuatro toques rítmicos y se queda más tranquilo. Tras el ritual, compra el pan que le gusta a Puri. Él prefiere el pan de pasas y almendras, cuyo aroma dulzón y a leña ardiendo le transporta hasta la infancia. Pero a Puri le parece repugnante. Y él siempre compra el pan que le agrada a ella, porque no le importa comer el pan blanco, insípido, de corteza dura, inmasticable y que se deshace en la boca, inconsistente.
Al llegar a casa, deja las llaves sobre la repisa que sobresale de un espejo que compraron hace años en Túnez, en su viaje de novios. En aquel tiempo eran muy amigos y Julio confiaba obstinadamente en que algún día Puri se enamoraría de él. Descubre su figura en el espejo. Le parece que tiene ahora menos pelo que por la mañana. Piensa en David y en que si tuviera su aspecto de adonis, Puri no habría tardado en enamorarse. A pesar de María. La mujer que ve crecer por detrás de su imagen en el espejo, una figura que se va haciendo más nítida cada vez y se ríe a carcajadas de él. Tras dar los cuatro toques con la yema del dedo sobre el marco de la puerta, se siente mucho mejor.
Pone la mesa, dos cubiertos, dos platos, dos vasos, dos mundos desajustados que se sentarán en dos sillas enfrentadas y fingirán que llevan una vida en común. Para cuando llega Puri, Julio ya ha calentado la sopa y ha metido el pollo en el microondas.
-Hola, he comprado el pan que te gusta.
-Estoy cansada, no cenaré mucho. Hoy ha venido la vecina a la consulta.
-¿Qué vecina?
-La del perro.
-Ah.
-Dice que mañana hará una fiesta en su casa, es su cumpleaños. Nos invita.
-Vaya, ¡qué bien! ¿a qué hora es la...?
-Ya le he dicho que no iremos.
No vuelven a hablar en toda la cena. Julio observa esa forma tan particular que demuestra Puri al comer. Tan aséptica que podría considerar seriamente que está diseccionando el pollo.
Antes de apagar la luz Julio pregunta:
-¿Lo hacemos?
-No.
-Que duermas bien.
-Eso espero.
Puri se gira en la cama alejándose a miles de kilómetros de distancia. Julio no puede dormir: sueña despierto con un campo verde, es un campo infinito y sin fronteras, cubierto de miles de margaritas resplandecientes que sofocan el verde gritón de la hierba.
A la mañana siguiente, Puri sorprende a Julio levantado.
-¿Por qué no me has esperado para desayunar? Sabes que no soporto hacerlo sola.
-No he pegado ojo en toda la noche, Puri. Me he levantado muy pronto, como es sábado no quería despertarte. Además, estabas tan guapa con el pelo revuelto que...
-Tenemos que ir al supermercado, la nevera está vacía- le corta ella sin piedad.
Julio se siente vacío como su nevera. Se pega una ducha bien caliente y se pone el chándal de los sábados.
Cada uno viaja solo en su universo. No hablan. Julio conduce e instintivamente enciende la radio para acallar el estrepitoso silencio que se antepone entre los dos. Puri apaga la radio. Acepta resignado, pero sus deseos de tocar madera le desasosiegan tanto que recurre a pensar en campos extensos cubiertos de hierba verde... se pregunta dónde estarán las margaritas.
En la sección de panadería y pastelería del supermer-cado, Julio observa pensativo el pan de pasas y almendras. Está como hipnotizado cuando la mano de Puri pasa delante de su campo visual para coger el pan blanco que, descubre en ese mismo instante, detesta.
-¿Me quieres?- no puede creer que ese pensamiento haya salido fuera sin su permiso.
-¿Qué?- ruge Puri.
Julio comienza a sentir calor, presiente que va a desbaratarse en medio de las luces artificiales y de la música que murmura ajena a todo.
-¿Me has querido alguna vez?- las palabras salen solas de su boca.
-¿Pero se puede saber qué te pasa ahora? ¡No seas estúpido!
Julio se acobarda repentinamente y se deja llevar por la música que suena: Eres tú como el agua de mi fuente...
Durante el viaje de vuelta a casa Julio se siente raro, poseído por una extraña sensación de haber iniciado un camino sin retorno. Nota que el rictus de Puri está más tenso que de costumbre.
Julio toca madera al entrar en casa. El aroma a canela y vainilla habitual parece haberse transformado en un tufo empalagoso y rancio. Respira la fragancia de la ruptura.
Se sientan juntos para comer. Julio observa primero el pan blanco sobre la mesa, perfectamente cortado y colocado en una cestita y, después, pasea su mirada por el pollo que yace patas arriba en la bandeja. Vuelve a entrar en trance.
-¿Por qué no llamas a la vecina y le dices que vamos a su fiesta de cumpleaños?
-Ya te he dicho que no vamos a ir, sabes perfectamente que detesto las fiestas.
-¡Pero a mí me apetece! Puri, por favor...
-Olvídalo, no vamos a ir y punto.
Julio toma aire y se levanta de la mesa. Vomita en el baño. Se enjuaga la cara y se mira en el espejo, le sorprende el hombre derrotado que advierte. Se dirige al comedor con la valentía de los que nada tienen ya que perder.
-¿Sigues saliendo con Maria?- le increpa Julio con cierta firmeza.
-¿A qué viene esto ahora? Ya te dije que no quería hablar más del tema.
-Te ha abandonado ¿verdad?
-Pero...
-No te culpo. Yo siempre he aceptado la situación. Pensando que algún día, pues... igual tú... eso que... no puedo más...
Julio baja la cabeza. No se atreve a mirarla, pero sospecha que le está clavando cuchillos con la mirada y el pensamiento.
-¿No se te ocurrirá dejarme? ¡Qué dirán nuestras familias!
-Creo que ha llegado el momento de afrontar lo nuestro- Julio desmigaja la escasa valentía que le queda.
El rostro de Puri se torna rojo, Julio intuye que está a punto de escupir mucha miseria.
-¡Cállate! No sabes lo que dices. Eres un pobre hombre ¿lo sabías?
-Yo, bueno... - la voz le tiembla como una bandera en medio de un vendaval.
-¿Y por qué estás tú conmigo?- dice Puri con la mirada desordenada- ¿O crees que no me he dado cuenta de que te pasa algo con David?.
-Eso no es verdad- la voz de Julio suena apagada.- Lo inventas para tener tu conciencia tranquila. Además, está el tema de los hijos, nunca quieres hablar de eso, sabes que yo siempre...
-¿Hijos?- una carcajada histérica retumba en las paredes del salón.
-Eres cruel. Me pregunto qué ha sido de la chica ingeniosa y alegre de la que me enamoré. Mírate ahora, sólo piensas en ti misma, en el qué dirán. ¿Por qué te ha dejado María? Sé valiente y cuéntamelo.
Puri se levanta de la mesa y arroja la servilleta sobre la cara de Julio. La ve pequeña por primera vez y siente mucha pena. El pan blanco sobre la mesa le da el último empujón.
-Te dejo, me voy esta misma tarde- Julio logra salvar algo de seguridad de entre las cenizas.
Puri se gira con los ojos abiertos y la boca desencajada. Una lágrima gris le resbala por el rostro.
-¿Qué vas a hacer tú sin mí, desgraciado?- la rabia y el desprecio se descosen de sus palabras.
-No lo sé, Puri, no lo sé.
La visión de un campo verde lleno de margaritas le viene de golpe a la cabeza. Y esa mirada relajante que va extendiéndose en su mente impide que tenga que levantarse precipitadamente a tocar madera.
Karol, Relato Avanzado
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