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"mañana será otro día"

13-02-2007

Faizá Guené ha sorprendido a toda Francia con esta novela corta, incisiva y dinámica. Se lee de un tirón: la protagonista nos habla con suácida voz de dieciséis años, y nos cuenta su vida en los suburbios de París. Sí; después de leerla, no extrañan mucho las revueltas que surgen de vez en cuando. Una juventud atrapada en una pecera: dando vueltas en círculos, sin poder salir más que para ahogarse y, a la vez, viendo al otro lado el mundo de los otros, los afortunados. Un mundo al que no hay manera de poder llegar.


Y, aún así, hay espacio para la esperanza y para el humor. No, no esperéis dramones ni lloros ni grandes escenas. Es realidad, de la que muerde y deja cicatrices; pero a ras del suelo. Sólo hay un movimiento posible: seguir adelante.


Así lo ve Doria, la protagonista:


"En mi bloque vive una chica que está prisionera en el piso 11. Se llama Samura y tiene diecinueve años. Su hermano la sigue a todas partes. no la deja salir y, cuando ella vuelve de clase un poco más tarde de lo habitual, la agarra de los pelos y el padre remata la faena. (...) No, si ya digo yo que esto de ser una chica es un coñazo"


"Yo creo que Nabil debería ser más simpático con los demás. Precisamente porque su madre le ha jodido la vida y le obligó a leer la biografía de Jesús a los once años.


Yo no sé si querré tener hijos algún día. Sea como sea, nunca los obligaré a leer la biografía de jesús, ni a saludar a los viejos si no les apetece, ni a vaciar el plato. Y eso si llego a tener críos, porque en cuanto la profe de Natu nos enseñó un parto visto de cara, a mí se me quitaron las ganas de procrear"


"Y un día llevaré a mamá a hacerse la manicura, porque de eso hablaron la última vez ella y doña Menganita -la asistente social del ayuntamiento- y mi madre no sabía lo que era eso. Se miraba las uñas, que estaban muy estropeadas por culpa de los productos de limpieza made in Chernobil, y se las comparaba con las de doña Menganita. La muy fantasma se hacía la fina, porque llevaba las uñas superlimpias, superlimadas y superpintadas. Incluso se rascaba el rabillo del ojo con el dedo meñiqie, con la boca un poco abierta, como las chicas ésas que se ponen rímel en los anuncios de la tele. Sólo para fardar, para restregarle por la cara sus uñas perfectas a mi madre, que no sabía lo que era una manicura. Me entraron ganas de arrancárselas una a una"


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