Releyendo a Jane Austen (I)
18-11-2006
El otro día me volvieron a entrar ganas de leer "Orgullo y Prejuicio" -una de las mejores novelas jamás escritas- y me di cuenta de que no tenía mi propio ejemplar (¡sacrilegio!). Me hice con él el mismo viernes, y nada más llegar a casa empecé a leer; llegué hasta el capítulo 45, y entonces lo dejé para escribir este post.
Todo el mundo tiene sus autores favoritos, y creo que cualquiera que me conozca un poco sabrá que Jane Austen está en los primeros lugares de mi lista. Es una gran narradora y creadora de personajes; sus novelas se desbordan en ambientes minuciosos, y en detalles sutiles. Es la autora para la que se inventó la palabra ironía.
Todo compendio de "grandes obras literarias" de la historia tiene una novela suya; un honor difícil de alcanzar en esta sociedad en la que -ineludiblemente- se minusvalora a las novelas escritas por mujeres, con protagonistas mujeres y de temas relacionados con sentimientos.
Pocos lectores masculinos -y heterosexuales- se acercan a Austen, seguramente por esos mismos prejuicios que invitan a que toda novela con las características que he mencionado antes sea catalogada (irracionalmente) de "novela femenina" o "novela para mujeres". (Según eso ¿no debería ser El Quijote una "novela para hombres"? Está escrita por hombres, protagonizada por hombres, y trata de batallas... Pero no, lo masculino, en este mundo, es aceptado como universal)
Austen, sin embargo, ha obtenido el beneplácito del mejor crítico que existe: el tiempo.
Los libros universitarios, o ensayos sobre ella destacan sus cuidadísimos ambientes; el fino tacto de su prosa; el preciso retrato de la sociedad de su época. Yo me centro en otro de sus logros: los diálogos.
Los diálogos de Jane Austen tiene el ritmo rápido y ágil de la buena comedia. Ni una sola frase se deja al azar; son una radiografía de cada personaje y del tiempo en el que les ha tocado vivir. Son irónicos, por supuesto (esto no hacía falta ni decirlo), agudos y mordaces como sables. Si Austen hubiera vivido en la primera mitad del s.XX, habría trabajado como dialoguista para los guiones Ernst Lubistch, o para Billy Wilder.
Sus adaptaciones a la pantalla deben ser de las pocas adaptaciones literarias en las que el 90% de los diálogos de la película son, efectivamente, extraídos del libro. Dejo un ejemplo, y próximamente continúo con otra de las cimas de Jane Austen en Orgullo y Prejuicio: la invención del moderno personaje femenino en la literatura.
Extracto de "Orgullo y Prejuicio", capítulo 20
(Elizabeth Bennet, joven protagonista de la novela, acaba de rechazar la proposición de matrimonio del viscoso señor Collins; su madre, la sra Bennet, se ha enfadado con ella e insta al padre a que la reprenda; el señor Bennet accede a ello.)
(...)
La señora Bennet tocó la campanilla y se convocó a la señorita Elizabeth a la biblioteca.
-Ven aquí, hija mía-exclamó su padre al verla aparecer- Te he mandado llamar por un asunto importante. Tengo entendido que el Señor Collins te ha hecho una proposición matrimonial ¿Es eso cierto?
Elizabeth respondió afirmativamente.
-Muy bien y tú ¿has rechazado ese ofrecimiento?
-Así es, señor.
-Muy bien, ahora llegamos a lo más importante. Tu madre insiste en que aceptes ¿No es así, señora Bennet?
-Así es, o de lo contrario no volveré a verla nunca más.
-Tienes ante ti una triste disyuntiva, Elizabeth. A partir de hoy serás una extraña para uno de tus padres: tu madre te repudiará si no te casas con el señor Collins y yo te repudiaré si te casas con él.
Me reservo otros diálogos para mi próxima reflexión sobre Elizabeth Bennet.
Todo el mundo tiene sus autores favoritos, y creo que cualquiera que me conozca un poco sabrá que Jane Austen está en los primeros lugares de mi lista. Es una gran narradora y creadora de personajes; sus novelas se desbordan en ambientes minuciosos, y en detalles sutiles. Es la autora para la que se inventó la palabra ironía.
Todo compendio de "grandes obras literarias" de la historia tiene una novela suya; un honor difícil de alcanzar en esta sociedad en la que -ineludiblemente- se minusvalora a las novelas escritas por mujeres, con protagonistas mujeres y de temas relacionados con sentimientos.
Pocos lectores masculinos -y heterosexuales- se acercan a Austen, seguramente por esos mismos prejuicios que invitan a que toda novela con las características que he mencionado antes sea catalogada (irracionalmente) de "novela femenina" o "novela para mujeres". (Según eso ¿no debería ser El Quijote una "novela para hombres"? Está escrita por hombres, protagonizada por hombres, y trata de batallas... Pero no, lo masculino, en este mundo, es aceptado como universal)
Austen, sin embargo, ha obtenido el beneplácito del mejor crítico que existe: el tiempo.
Los libros universitarios, o ensayos sobre ella destacan sus cuidadísimos ambientes; el fino tacto de su prosa; el preciso retrato de la sociedad de su época. Yo me centro en otro de sus logros: los diálogos. Los diálogos de Jane Austen tiene el ritmo rápido y ágil de la buena comedia. Ni una sola frase se deja al azar; son una radiografía de cada personaje y del tiempo en el que les ha tocado vivir. Son irónicos, por supuesto (esto no hacía falta ni decirlo), agudos y mordaces como sables. Si Austen hubiera vivido en la primera mitad del s.XX, habría trabajado como dialoguista para los guiones Ernst Lubistch, o para Billy Wilder.
Sus adaptaciones a la pantalla deben ser de las pocas adaptaciones literarias en las que el 90% de los diálogos de la película son, efectivamente, extraídos del libro. Dejo un ejemplo, y próximamente continúo con otra de las cimas de Jane Austen en Orgullo y Prejuicio: la invención del moderno personaje femenino en la literatura.
Extracto de "Orgullo y Prejuicio", capítulo 20
(Elizabeth Bennet, joven protagonista de la novela, acaba de rechazar la proposición de matrimonio del viscoso señor Collins; su madre, la sra Bennet, se ha enfadado con ella e insta al padre a que la reprenda; el señor Bennet accede a ello.)
(...)
La señora Bennet tocó la campanilla y se convocó a la señorita Elizabeth a la biblioteca.
-Ven aquí, hija mía-exclamó su padre al verla aparecer- Te he mandado llamar por un asunto importante. Tengo entendido que el Señor Collins te ha hecho una proposición matrimonial ¿Es eso cierto?
Elizabeth respondió afirmativamente.
-Muy bien y tú ¿has rechazado ese ofrecimiento?
-Así es, señor.
-Muy bien, ahora llegamos a lo más importante. Tu madre insiste en que aceptes ¿No es así, señora Bennet?
-Así es, o de lo contrario no volveré a verla nunca más.
-Tienes ante ti una triste disyuntiva, Elizabeth. A partir de hoy serás una extraña para uno de tus padres: tu madre te repudiará si no te casas con el señor Collins y yo te repudiaré si te casas con él.
Me reservo otros diálogos para mi próxima reflexión sobre Elizabeth Bennet.
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