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Brick: Muerte entre las flores... del instituto

14-11-2006

A l@s afortunad@s que hayan tenido la ocasión de ver "Muerte entre las flores" (Joel e Ethan Cohen), no les sorprenderá encontrar películas como Brick, que, de forma sutil, van creando un universo propio desde los primeros planos.


Un mundo que es el nuestro, pero, a la vez, no lo es. Como si contempláramos nuestra sociedad a través del espejo de Alicia, en el que todo está del revés, y, de alguna forma, sigue siendo una reflejo fiel de lo que somos.


Porque ese mundo de Brick existe; aunque tal vez sin la poesía de cada imagen, de cada línea de diálogo. Aún más duro, más irreconocible.


Brick juega -aunque es una película que se toma a sí misma muy en serio- al cambio de escenario de una historia muchas veces contada: la venganza contra el crímen organizado.


¿Qué sucedería si "El padrino" o (me repito) "Muerte entre las flores" tuvieran lugar en un instituto de secundaria? ¿Si sus protagonistas fueran adolescentes, perdidos, inexpertos, pero capaces de sacrificios y de crueldades como las de aquellos films? ¿Puede funcionar una historia así? Puede. Y cómo. Sin dejarte respirar un segundo.


En parte gracias al regalo que es el personaje de Brendan, una suerte de Phillip Marlowe adolescente (Sam Spade era más frío, aunque, quién sabe, podría ser un Spade aún con cierta inocencia) que pone los pelos de punta: esa mezcla de ternura y violencia, de candidez y desesperanza; esos momentos de debilidad en los que parece que Brendan va a dejarse llevar -o incluso a rendirse- para volver a ser, al momento, ese cínico misántropo con el corazón herido, congelado, que no puede olvidar que tiene una misión y por ella está dispuesto a dejarse romper todos los huesos. Así de humano y brutal; ha nacido un héroe.


La trama está hilada a imagen y semejanza de ésas películas de detectives de los años 40, en las que todo sucede demasiado deprisa, con tiempo sólo para que vayas entendiendo de puntillas qué es lo que está pasando, porqué el detective ahora huye de unos o de otros. Y, como precisamente la delicia es ver toda esa historia y esos diálogos en personajes tan jóvenes, Brick juega la baza de mantener los arquetipos hasta el final: el capo mafioso -genial Lukas Haas, llevo siglos esperando que alguien le recuperara así para el cine- el matón sin seso, la víctima, el ayudante del detective (el curiosísimo "Brain") y, cómo no, las femmes fatales.


Es sentarse, comenzar a escucharles y los personajes ya te arrastran; los diálogos son feroces, y la historia es tan creíble - y tan de cine noir- que de vez en cuando hay que detenerse un segundo y pensar: "Un momento, que estos chicos sólo tienen 17 años". Y aún así, todo encaja en este universo lleno de aristas y golpes, de cigarrillos a medio fumar, ladrillos, mujeres en tacones y mafiosos que idolatran a Tolkien.


Termino con una imagen de Brendan, el actor Joseph Gordon-Levitt, (conocido aquí por ser el niño de la familia de extraterrestres en la comedia de situación "Cosas de marcianos") y a disfrutar cuando la estrenen en los cines.


Diana P. Morales


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