De los talleres literarios (I): Cómo surgieron
De cómo surgieron
La mayoría de las artes –como la pintura, la escultura o la arquitectura- han tenido a lo largo de la historia escuelas y academias en las que cualquier aficionado podía aprender de otros, compartir técnicas, experimentar e intentar encontrar su estilo. Sin embargo, ése no parece haber sido el caso de las letras.
Tal vez porque el material de la literatura es algo que todos conocemos y usamos a diario, las palabras -a diferencia de otras artes donde había que aprender a manejar pinceles o martillos- se ha dado por sentado desde tiempos remotos que la escritura es algo que no se aprende (ni, por ende, se enseña).
Este mito, hay que reconocerlo, ha sido alimentado muchas veces por declaraciones de los propios escritores, quienes mantenían el arte de la escritura en un pedestal, como algo que sólo podían alcanzar unos pocos tocados por la gracia mágica de una musa.
Sin embargo, algunos ya lo reconocían:"Los escritores prefieren afirmar que componen mediante una especie de bello frenesí –un éxtasis intuitivo- y literalmente, pero si se echa una ojeada tras las bambalinas nos encontraríamos con los innumerables vislumbres de ideas que no llegaron a la madurez de la visión plena, a las cautelosas selecciones y rechazos, a los dolorosos borrones e interpelaciones. ” Edgar Allan Poe
De hecho, algo que sí ha existido siempre han sido las Tertulias literarias, algunas bastante parecidas a los actuales Talleres. Por ejemplo la escritora Gertrude Stein reunía a una en su casa de París, a principios de los años veinte, a la que asistían renomabradísimos escritores como Arthur Miller o Scott Fitzgerald. Y no era fácil ser invitado: Hemingway necesitó una carta de recomendación de un escritor ya conocido, pues él era aún joven.
Más tarde, confesaría haber aprendido de Gerturde Stein “los maravillosos ritmos de la prosa”, amén de recibir consejos muy prácticos, tales como el de llevar encima una libreta para anotar ideas y frases. A la muerte de Hemingway, se encontraron en su sótano decenas de estas libretas que constituyen un material tremendamente valioso.
En cualquier caso, desde siempre han sido los escritores norteamericanos los que han ido por delante en cuanto a la enseñanza de la literatura. La Universidad de Iowa fue la primera en tener un Curso académico de Creación Literaria en 1897; por él han pasado una docena de premios Pulitzer, como Michael Cunningman –famoso por su novela “Las horas”, llevada al cine hace dos años.
Muchos escritores/as de renombre han adquirido experiencia en un taller literario: Raymond Carver lo hizo en 1958, en la Universidad de Chico, California, donde tuvo la suerte de topar con John Gardner, que si bien no pasará a la historia por sus novelas, desde luego parece que como profesor de creación literaria era excepcional. De él dice Carver -en el prólogo al libro “Cómo ser novelista” de John Gardner: “Me hacía una crítica concienzuda y me explicaba los porqués de que algo tuviera que ser de tal forma y no de otra; me prestó una ayuda inapreciable en mi desarrollo como escritor.”
(continuará)
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