comienzo de la novela juvenil
23-05-2005
Registro Propiedad Intelectual: 05-2005-2607
Primera anotación del
Diario de viaje
Hola, soy Ali. Bueno, quiero decir Alicia. Tengo 15 años. En fin, eso creo.
Soy -de momento- capitana del "Estela Polaris" y dice Loren que los capitanes tienen que escribir el diario de sus viajes. Aunque no estoy escribiendo con pluma, como hacían en la antigüedad, (o eso dicen), sino en ordenador. Vamos rumbo a no sé dónde. Es de noche, pero, bueno... aquí siempre es de noche.
Bueno, supongo que debería dar los nombres de mis compañeros de viaje. Son Loren (ya le he mencionado), el segundo de a bordo, o como se diga. También Ro, (Roberta, en realidad, pero dice que la llamemos Ro)... Alex, El Bicho, Emma, Mai y Jack. Todos son de mi edad, bueno, Loren tiene 17 pero...somos, quiero decir, no somos adultos todavía.
De verdad, no sé qué más contar. Podría decir que no sé cómo hacer esto. O que no sé qué está pasando. Que no puedo creer que todo esto sea verdad. No puede serlo. Sencillamente, esto no puede pasar ¿verdad? No podemos estar tan lejos de casa, no puede haber pasado tanto tiempo... Aunque ellos no nos mentirían, ¿verdad?
No, supongo que no. Estaba mi padre, en la grabación donde se explicaba todo. Mi padre no dejaría que me mintieran.
Y además ¿por qué tuve que ser capitana? Los otros no lo entienden tampoco. Me han mirado con caras raras. Y esa chica, Emma, se ha enfadado. Creo que me hubiera pegado si Alex... si Alex no se hubiera puesto entre las dos. Todos estamos nerviosos, supongo.
Estoy cansada. Ha sido un día muy largo. Largo de verdad. Parece como si todo fuera un sueño. A lo mejor mañana cuando me despierte, estoy en casa.
Y todo empezó ayer. Hace tanto tiempo.
CAPÍTULO UNO: El día de ayer
La Tierra, 26 de Noviembre de 2039
Ali sabía que nada podía salir mal.
Silvia estaba en su puesto y Beto también. Llevaban días preparándolo, buscando la localización más adecuada para cuando se acercara el próximo tifón. Ali tardó más de una semana en diseñar el plan completo.
Mientras se ponía el chaquetón, Ali se miró al espejo y, como casi siempre, se enfadó: con el pelo corto parecía aún más un chico, pero su madre parecía no darse cuenta y siempre se lo cortaba igual. Claro que Silvia se encargaba de recordárle su aspecto casi cada día, y a veces la llamaba Alicio, el gemelo malvado de Alicia. Para Silvia era diferente; se veía de lejos que ella era una chica, y todos los del instituto, desde luego, lo habían notado.
Ali respiró hondo y llamó a sus amigos para comprobar que todo estaba en orden.
- Todo correcto, Ali -respondió Beto, en seguida- voy camino de la posición A. Espero que esto no dure mucho, mañana tenemos el examen de derivadas... Oye, hay... hay mucho viento, Ali...
El ruido del vendaval se colaba por el auricular del teléfono de Beto y era difícil entenderle; en la pantalla del móvil se le veía colocándose la capucha con dificultad, por la fuerza del aire en movimiento. Ali colgó. Debían darse prisa antes de que empezara a llover.
Ali sabía, como todo el mundo tras 18 tifones por mes, que después del primer viento llegaba la lluvia, y era entonces cuando tenías que resguardarte si no querías que el tifón te arrastrara y te golpeara contra el escaparate de una tienda de zapatos. Eso fue lo que le pasó a Fiona, la profesora de inglés.
Ali también llamó a Silvia antes de salir, para asegurarse de que todo iba según lo programado:
- ¿Estás ya junto a la parada de metro?
-Si, Alici...
El ruido del viento era demasiado fuerte, pero Ali estaba segura de que la había llamado "Alicio"; no pudo evitar reírse. Se puso el gorro, los guantes y el impermeable rojo. Por último, la mascarilla para respirar. Desde hacía tres años era obligatorio llevarla al salir de casa, por la contaminación. Se cargó la mochila a la espalda, y pensó que era una suerte que el tifón hubiera llegado tan temprano: así, con sus padres en el trabajo, no tendría que escaparse a escondidas a la calle.
Salió de su casa y bajó por las escaleras. Respiró hondo. Abrió la puerta del bloque y la fuerza del aire hizo que se tambaleara por un momento. El silbido del viento le recordó al piar de una bandada de pájaros perdidos.
Se puso la capucha del impermeable -estaba empezando a chispear- y empezó a andar por la acera. No era fácil: además de la fuerza del vendaval, que amenazaba cada momento con hacerla caer hacia un lado o hacia el otro, había muchas cosas volando que podían golpearla: hojas, ramas, cajas de cartón, bolsas de basura... Ali había llegado a ver volar una papelera, y también el tejadillo de la tienda de golosinas de la esquina, que cayó encima de un coche y lo dejó para el desgüace.
Avanzaba por la calle de bloque en bloque, lentamente, apoyándose en la pared. Pronto, el chispeo se convirtió en goteo, y aún era más difícil caminar. Una persona mayor pasó a su lado, una señora que se cubría la cabeza con un plástico. Al cruzarse con Ali, le dijo:
-Vete a casa, niño. ¡Rápido!
Ali frunció el ceño. Maldita sea, otra vez "niño", era desesper... Ali dió un salto: esquivó un hierro que el viento empujaba por la acera, a ras del suelo. Por poco. Pero ya estaba a punto de llegar. A lo lejos veía el poste, la posición C: la suya. Corrió hasta allí tan rápido como pudo. Veía a gente corriendo también, pero hacia la estación de metro, que estaba al lado del poste: Ali lo había calculado todo muy bien, y los tres puntos estaban cerca de estaciones de metro, para poder refugiarse en ellas una vez lo dejaran todo preparado.
Cuando llegó hasta el poste, Ali resbaló y el viento la arrastró medio metro. Maldita sea. Se agarró al poste y consiguió levantarse. A veinte pasos, veía a alguien haciéndole señas desde la puerta de la estación de metro. Creyó reconocer a Jack, un compañero de clase. Pero no tenía tiempo de comprobarlo.
La lluvia era ahora muy fuerte. Las gotas que caían sobre el impermeable dolían como pequeñas astillas. Ali se sentó en el suelo, con las piernas rodeando el poste para estar más segura. Así sentada, se descolgó la mochila y sacó de ella unas sábanas: estaban anudadas entre sí, formando una larga hilera. Empezó a atar el extremo al poste, firmemente. La mochila salió volando: Ali se distrajo unos segundos viendo cómo bailaba en el aire, de un lado a otro, sin control y luego se perdía muy arriba, detrás de una hilera de bloques bajos.
Pero tenía que concentrarse: remató el nudo con toda la fuerza que tenía y empezó a andar hacia la estación de metro. Avanzaba muy despacio: el viento era ahora fortísimo. Tuvo que empezar a caminar a cuatro patas, pegada al borde de los edificios, agarrándose a lo que podía, para que el viento no se la llevara. Ali fue contando sus pasos, para tranquilizarse. Veintiseis, veintisiete... La lluvia caía tan fuerte que apenas podía ver la estación, aunque estaba a sólo cuarenta pasos del poste. Treinta y tres, treinta y cuatro, treinta y cinco... De pronto, el vendaval la hizo girar sobre sí misma y cayó al suelo, panza arriba. El viento la arrastró y tuvo que aferrarse a algo -el borde de la acera- para no alejarse más de la estación.
- ¡Mierda!- El golpe había dolido. No quería moverse porque no estaba segura de que el viento no la arrastrara lejos. O la levantara. Nunca había sido tan fuerte antes. Buscó la estación de metro con la mirada, pero la lluvia y el viento casi no le dejaban abrir los ojos. Estaba decidiendo cuál sería su mejor opción cuando unas manos la agarraron y la arrastraron hasta la estación.
La metieron dentro, entre la multitud que atestaba la estación, y cerraron las puertas acristaladas. En el interior del edificio el aire era cálido y sólo se oía el rumor de la gente y la lluvia golpeando los cristales. Ali tosió y se apoyó contra la puerta transparente. Casi no oyó al guarda de seguridad, comentándole a la gente, con voz seca: "Esta juventud... si este chico no me convence, no voy por ella. De verdad...". Pero Ali sólo miraba por el cristal. A lo lejos, la sábana se agitaba, loca, como al son de una danza demoníaca. Y de pronto, tal como Ali esperaba, ocurrió.
La sábana se elevó con fuerza, apuntando al cielo. Tan rígida que parecía estar compitiendo con el poste. Sólo se inclinaba levemente hacia la derecha. Ali miró el reloj: las 15,16h. Unos segundos después, ahí estaba: la sábana cayó al suelo, como muerta. Por unos instantes, nada se movía ahí fuera. Incluso dejó de llover, sólo unos segundos. Ali volvió a mirar su reloj
- Las 15:17h - masculló en voz alta.
- Gracias, ya lo sabía.
Ali miró hacia arriba y vió a Jack guiñándole un ojo a Alex. Sí, sus compañeros de clase estaban ahí. Y riéndose de ella, como siempre. Bueno, Alex se limitó a mirarla como si fuera una esquizofrénica escapada de alguna institución. Bah, no había que hacer caso. Se quitó la capucha y la mascarilla. Llamó a Silvia:
- El ojo acaba de pasar por aquí, a las 15:17 h.
- Vale, a las 15:13 h pasó junto a Beto- contestó la voz de Silvia- Lo tengo aquí ahora. 15:19h.
- Otra vez hacia el este. Siempre van hacia el este...- dijo Ali, viendo por el cristal cómo la sábana se agitaba de nuevo violentamente bajo la lluvia.
- ¿Qué quieres decir? ¿Por qué siempre van hacia el este?- Era una señora la que había hecho la pregunta. Varias personas se inclinaron para mirar a Ali. Tenían unas caras muy raras, como si esperaran de Ali alguna respuesta genial que les ayudara. Pero, ¿que les ayudara a qué? Están asustados, pensó Ali. Tan asustados que harían caso a una cría.
-Yo...-murmuró, finalmente, nerviosa- yo...
- ¿Si? Dinos lo que sea - La señora se acercó a Ali, sólo un paso, y la chica, instintivamente, se echó hacia atrás.
- Eh, no haga caso, señora -se adelantó Jack, sonriente; la señora frunció el ceño, poco convencida- Verá, esta chica es checoslovaca, sólo sabe decir unas pocas palabras y, claro, siempre dice cosas raras, ¿verdad? ¿tistenja? ¿Ja bana vi stestza?
La gente dejó súbitamente de hacerles caso. Ali se echó a reír: la imitación de checoslovaco era muy mala. Pero le hizo gracia porque el propio Jack era extranjero, había nacido en Australia, y, aunque llevaba años aquí, él sí que decía cosas muy raras a veces. Dejó de reírse cuando se fijó que Alex fumaba, mirando por la ventana, ajena a ellos.
Alguien -el vigilante de seguridad del metro- encendió una radio y escucharon las noticias: los daños, los heridos. También dieron los nombres de las ciudades que estarían a partir del día siguiente en alerta roja y debían ser evacuadas, algunas para siempre: el mar iba a cubrirlas como ya había pasado con Venecia, Cádiz, Amsterdam y parte de Atenas.
Fuera, el ciclón empezaba a amainar y pronto podrían volver a casa. De repente Ali tuvo unas ganas terribles de volver, de sentarse en el sofá y cenar temprano, con sus padres, viendo una película. Algo la había puesto nerviosa. Las caras de la gente, quizá. Ali estaba acostumbrada a los tifones, los apagones, las tormentas de hielo y la contaminación que les impedía respirar con normalidad: las cosas eran así desde que podía recordar. Pero, pensó, tal vez esto no es lo normal.
La lluvia cesó de repente, y el sol apareció como si nada hubiese ocurrido. El guarda abrió las puertas y la gente empezó a salir. Por alguna razón, Ali no podía separar la cabeza del cristal. Aún estaba nerviosa. Al otro lado de la puerta, vió a Alex alejándose. Jack golpeó en el cristal.
-Vamos, Ivana.
Ali se dejó llevar afuera. Se dio cuenta por primera vez de que estaba chorreando: la ropa mojada se le pegaba al cuerpo y sus pies hacían un curioso ruido de chapoteo al andar. Empezó a temblar con el aire frío del exterior.
Caminaban los dos en silencio, hasta la esquina, donde Alex les esperaba terminando su cigarrillo; arrojó la colilla al suelo y la apagó con un pisotón firme, sin mirar a los chicos que acababan de llegar a su lado.
- Dile a Silvia que nos vemos el sábado, en la fiesta de Paulo- dijo Alex a la chica, hablando por primera vez y sin mirarla más que un segundo.
Ali asintió, con el cuerpo estremecido de frío. Se dio la vuelta y emprendió el camino a casa.
Nada más abrir la puerta, ya notó que sus padres estaban dentro y esperó la riña habitual. Su madre asomó la cabeza desde la cocina:
- ¡Jesús, Ali!- Se secó las manos en un paño y se acercó a ella- ¡Estás empapada! Vamos a cambiarte.
Cuando entraron en el cuarto de la chica, su madre la sentó en la cama y empezó a quitarle la ropa. Ali apenas se movió mientras su madre se iba y volvía con una gran toalla verde, y empezaba a frotarle el cuerpo para que entrara en calor.
- Bueno, dime ¿Qué habéis descubierto hoy?
Esto era nuevo: su madre preguntándole por su experimento, en lugar de echarle la bulla de siempre. Generalmente empezaba con algo así como: "Pero Alicia ¿no sabes que estás poniendo tu vida en peligro?" Y terminaba con: "Tienes que empezar a comportarte como una persona adulta, Alicia". Pero hoy no había reproches. Ni nombres completos. Ali tragó saliva.
- Pues, hemos descubierto, creo... creo que los vendavales vienen del este.
- ¿Del este?
Su madre dejó de frotar y la miró con cariño. Le plantó un beso en la mejilla que Ali no comprendió. Se sintió incómoda: ya no era una niña pequeña, pero su madre no se enteraba. Sólo seguía secándole el pelo.
- Hoy tu padre ha alquilado una película, ya sabes cómo está la tele últimamente. Y tenemos tu comida favorita, pollo frito en escabeche.
- Mmmm, ¿Y eso?
Su madre se encogió de hombros. De pronto, Ali recordó algo:
- Mamá, no puedo. Tengo que estudiar, mañana es el examen de derivadas y el Huesudo, o sea, Jacinto, el de Matemáticas es... bueno, es un hueso. Vamos… que tengo que estudiar.
Su madre se levantó. Abrió un cajón y le dejó un pijama sobre la cama.
- No te preocupes, mañana han suspendido las clases, por el tiempo.
- Ah
Pero en lugar de alegrarse, Ali se quedó preocupada. Otra vez sin clase, ya iban 11 días en el último mes.
- Vístete- dijo su madre mientras salía por la puerta del cuarto- empezamos a comer en seguida.
Ali terminó, se bebió un zumo de naranja que le había traído su madre ("para evitar el resfriado") y entró en el baño. Tras enfadarse como siempre al verse en el espejo, se peinó y se lavó las manos. En el comedor ya estaban sus padres, esperándola.
- Hombre, ha llegado Alicio...- Bromeó su padre.
- ¡Eduardo! - La madre salió en su defensa, pero riéndose- No le hagas caso, estás muy bien con ese corte de pelo.
El padre asintió, mientras Ali se sentaba y empezaba a comer. La chica se dio cuenta de que nadie encendía el televisor. No le importó: ella tampoco tenía ganas de ver las noticias.
- Me ha llamado el director del instituto.- dijo de pronto su madre.
Por un momento, Ali se preocupó. Pero ¡qué tontería! No tenía porqué. Ali tenía las mejores notas de su clase.
- Sí, me ha dicho que vas muy bien.
- Pues...- Ali no supo qué decir. Bostezó: el día había sido duro.
-¿Está bueno el pollo?
La chica asintió a su madre, mientras masticaba.
- La receta es de tu abuela.- dijo su padre, sonriendo al ver la reacción de su madre.- Es broma...Y de todas formas Ali ya sabe que es tuya.
-Sí, ya lo sabía- añadió ella, riéndose. Pero su madre no estaba enfadada, también sonreía, aunque haciéndose la ofendida.
-Ali- dijo su padre, mirándola fijamente- ¿Conoces el cuento de la liebre y la tortuga?
Ali dejó el tenedor a medio camino de la boca: desde luego sus padres estaban hoy muy raros. Primero no la reñían, y ahora esto. No pudo evitar bostezar de nuevo, se caía de cansancio.
- Pues claro, papá, cómo no voy a conocerlo.
-Ajá- respondió su padre, misteriosamente. Su madre comía, sin mirarles- Y dime... tengo una curiosidad, ¿Porqué crees tú que la tortuga ganaba la carrera al final?
Desde luego, esto era lo más estúpido que... Ali volvió a bostezar, estaba muerta de sueño. Apoyó el codo en la mesa y dejó caer la barbilla en su mano.
- Pues supongo que...- dejó el tenedor sobre el plato y contuvo otro bostezo- supongo que, porque era una cabezota, ¿no? Era imposible que ganara, pero ella seguía, y seguía.. y...
No pudo evitar que se le cerraran los ojos. El sopor la venció de pronto y sentía el cuerpo pesado, como clavado a la mesa. Creyó sentir que alguien la cogía en brazos y la metía en una cama.
A la mañana siguiente, al igual que Jack, Alex y otros seis chicos, despertó en la nave espacial, el Estela Polaris.
Habían estado viajando, hibernados, durante 5 años.
Primera anotación del
Diario de viaje
Hola, soy Ali. Bueno, quiero decir Alicia. Tengo 15 años. En fin, eso creo.
Soy -de momento- capitana del "Estela Polaris" y dice Loren que los capitanes tienen que escribir el diario de sus viajes. Aunque no estoy escribiendo con pluma, como hacían en la antigüedad, (o eso dicen), sino en ordenador. Vamos rumbo a no sé dónde. Es de noche, pero, bueno... aquí siempre es de noche.
Bueno, supongo que debería dar los nombres de mis compañeros de viaje. Son Loren (ya le he mencionado), el segundo de a bordo, o como se diga. También Ro, (Roberta, en realidad, pero dice que la llamemos Ro)... Alex, El Bicho, Emma, Mai y Jack. Todos son de mi edad, bueno, Loren tiene 17 pero...somos, quiero decir, no somos adultos todavía.
De verdad, no sé qué más contar. Podría decir que no sé cómo hacer esto. O que no sé qué está pasando. Que no puedo creer que todo esto sea verdad. No puede serlo. Sencillamente, esto no puede pasar ¿verdad? No podemos estar tan lejos de casa, no puede haber pasado tanto tiempo... Aunque ellos no nos mentirían, ¿verdad?
No, supongo que no. Estaba mi padre, en la grabación donde se explicaba todo. Mi padre no dejaría que me mintieran.
Y además ¿por qué tuve que ser capitana? Los otros no lo entienden tampoco. Me han mirado con caras raras. Y esa chica, Emma, se ha enfadado. Creo que me hubiera pegado si Alex... si Alex no se hubiera puesto entre las dos. Todos estamos nerviosos, supongo.
Estoy cansada. Ha sido un día muy largo. Largo de verdad. Parece como si todo fuera un sueño. A lo mejor mañana cuando me despierte, estoy en casa.
Y todo empezó ayer. Hace tanto tiempo.
CAPÍTULO UNO: El día de ayer
La Tierra, 26 de Noviembre de 2039
Ali sabía que nada podía salir mal.
Silvia estaba en su puesto y Beto también. Llevaban días preparándolo, buscando la localización más adecuada para cuando se acercara el próximo tifón. Ali tardó más de una semana en diseñar el plan completo.
Mientras se ponía el chaquetón, Ali se miró al espejo y, como casi siempre, se enfadó: con el pelo corto parecía aún más un chico, pero su madre parecía no darse cuenta y siempre se lo cortaba igual. Claro que Silvia se encargaba de recordárle su aspecto casi cada día, y a veces la llamaba Alicio, el gemelo malvado de Alicia. Para Silvia era diferente; se veía de lejos que ella era una chica, y todos los del instituto, desde luego, lo habían notado.
Ali respiró hondo y llamó a sus amigos para comprobar que todo estaba en orden.
- Todo correcto, Ali -respondió Beto, en seguida- voy camino de la posición A. Espero que esto no dure mucho, mañana tenemos el examen de derivadas... Oye, hay... hay mucho viento, Ali...
El ruido del vendaval se colaba por el auricular del teléfono de Beto y era difícil entenderle; en la pantalla del móvil se le veía colocándose la capucha con dificultad, por la fuerza del aire en movimiento. Ali colgó. Debían darse prisa antes de que empezara a llover.
Ali sabía, como todo el mundo tras 18 tifones por mes, que después del primer viento llegaba la lluvia, y era entonces cuando tenías que resguardarte si no querías que el tifón te arrastrara y te golpeara contra el escaparate de una tienda de zapatos. Eso fue lo que le pasó a Fiona, la profesora de inglés.
Ali también llamó a Silvia antes de salir, para asegurarse de que todo iba según lo programado:
- ¿Estás ya junto a la parada de metro?
-Si, Alici...
El ruido del viento era demasiado fuerte, pero Ali estaba segura de que la había llamado "Alicio"; no pudo evitar reírse. Se puso el gorro, los guantes y el impermeable rojo. Por último, la mascarilla para respirar. Desde hacía tres años era obligatorio llevarla al salir de casa, por la contaminación. Se cargó la mochila a la espalda, y pensó que era una suerte que el tifón hubiera llegado tan temprano: así, con sus padres en el trabajo, no tendría que escaparse a escondidas a la calle.
Salió de su casa y bajó por las escaleras. Respiró hondo. Abrió la puerta del bloque y la fuerza del aire hizo que se tambaleara por un momento. El silbido del viento le recordó al piar de una bandada de pájaros perdidos.
Se puso la capucha del impermeable -estaba empezando a chispear- y empezó a andar por la acera. No era fácil: además de la fuerza del vendaval, que amenazaba cada momento con hacerla caer hacia un lado o hacia el otro, había muchas cosas volando que podían golpearla: hojas, ramas, cajas de cartón, bolsas de basura... Ali había llegado a ver volar una papelera, y también el tejadillo de la tienda de golosinas de la esquina, que cayó encima de un coche y lo dejó para el desgüace.
Avanzaba por la calle de bloque en bloque, lentamente, apoyándose en la pared. Pronto, el chispeo se convirtió en goteo, y aún era más difícil caminar. Una persona mayor pasó a su lado, una señora que se cubría la cabeza con un plástico. Al cruzarse con Ali, le dijo:
-Vete a casa, niño. ¡Rápido!
Ali frunció el ceño. Maldita sea, otra vez "niño", era desesper... Ali dió un salto: esquivó un hierro que el viento empujaba por la acera, a ras del suelo. Por poco. Pero ya estaba a punto de llegar. A lo lejos veía el poste, la posición C: la suya. Corrió hasta allí tan rápido como pudo. Veía a gente corriendo también, pero hacia la estación de metro, que estaba al lado del poste: Ali lo había calculado todo muy bien, y los tres puntos estaban cerca de estaciones de metro, para poder refugiarse en ellas una vez lo dejaran todo preparado.
Cuando llegó hasta el poste, Ali resbaló y el viento la arrastró medio metro. Maldita sea. Se agarró al poste y consiguió levantarse. A veinte pasos, veía a alguien haciéndole señas desde la puerta de la estación de metro. Creyó reconocer a Jack, un compañero de clase. Pero no tenía tiempo de comprobarlo.
La lluvia era ahora muy fuerte. Las gotas que caían sobre el impermeable dolían como pequeñas astillas. Ali se sentó en el suelo, con las piernas rodeando el poste para estar más segura. Así sentada, se descolgó la mochila y sacó de ella unas sábanas: estaban anudadas entre sí, formando una larga hilera. Empezó a atar el extremo al poste, firmemente. La mochila salió volando: Ali se distrajo unos segundos viendo cómo bailaba en el aire, de un lado a otro, sin control y luego se perdía muy arriba, detrás de una hilera de bloques bajos.
Pero tenía que concentrarse: remató el nudo con toda la fuerza que tenía y empezó a andar hacia la estación de metro. Avanzaba muy despacio: el viento era ahora fortísimo. Tuvo que empezar a caminar a cuatro patas, pegada al borde de los edificios, agarrándose a lo que podía, para que el viento no se la llevara. Ali fue contando sus pasos, para tranquilizarse. Veintiseis, veintisiete... La lluvia caía tan fuerte que apenas podía ver la estación, aunque estaba a sólo cuarenta pasos del poste. Treinta y tres, treinta y cuatro, treinta y cinco... De pronto, el vendaval la hizo girar sobre sí misma y cayó al suelo, panza arriba. El viento la arrastró y tuvo que aferrarse a algo -el borde de la acera- para no alejarse más de la estación.
- ¡Mierda!- El golpe había dolido. No quería moverse porque no estaba segura de que el viento no la arrastrara lejos. O la levantara. Nunca había sido tan fuerte antes. Buscó la estación de metro con la mirada, pero la lluvia y el viento casi no le dejaban abrir los ojos. Estaba decidiendo cuál sería su mejor opción cuando unas manos la agarraron y la arrastraron hasta la estación.
La metieron dentro, entre la multitud que atestaba la estación, y cerraron las puertas acristaladas. En el interior del edificio el aire era cálido y sólo se oía el rumor de la gente y la lluvia golpeando los cristales. Ali tosió y se apoyó contra la puerta transparente. Casi no oyó al guarda de seguridad, comentándole a la gente, con voz seca: "Esta juventud... si este chico no me convence, no voy por ella. De verdad...". Pero Ali sólo miraba por el cristal. A lo lejos, la sábana se agitaba, loca, como al son de una danza demoníaca. Y de pronto, tal como Ali esperaba, ocurrió.
La sábana se elevó con fuerza, apuntando al cielo. Tan rígida que parecía estar compitiendo con el poste. Sólo se inclinaba levemente hacia la derecha. Ali miró el reloj: las 15,16h. Unos segundos después, ahí estaba: la sábana cayó al suelo, como muerta. Por unos instantes, nada se movía ahí fuera. Incluso dejó de llover, sólo unos segundos. Ali volvió a mirar su reloj
- Las 15:17h - masculló en voz alta.
- Gracias, ya lo sabía.
Ali miró hacia arriba y vió a Jack guiñándole un ojo a Alex. Sí, sus compañeros de clase estaban ahí. Y riéndose de ella, como siempre. Bueno, Alex se limitó a mirarla como si fuera una esquizofrénica escapada de alguna institución. Bah, no había que hacer caso. Se quitó la capucha y la mascarilla. Llamó a Silvia:
- El ojo acaba de pasar por aquí, a las 15:17 h.
- Vale, a las 15:13 h pasó junto a Beto- contestó la voz de Silvia- Lo tengo aquí ahora. 15:19h.
- Otra vez hacia el este. Siempre van hacia el este...- dijo Ali, viendo por el cristal cómo la sábana se agitaba de nuevo violentamente bajo la lluvia.
- ¿Qué quieres decir? ¿Por qué siempre van hacia el este?- Era una señora la que había hecho la pregunta. Varias personas se inclinaron para mirar a Ali. Tenían unas caras muy raras, como si esperaran de Ali alguna respuesta genial que les ayudara. Pero, ¿que les ayudara a qué? Están asustados, pensó Ali. Tan asustados que harían caso a una cría.
-Yo...-murmuró, finalmente, nerviosa- yo...
- ¿Si? Dinos lo que sea - La señora se acercó a Ali, sólo un paso, y la chica, instintivamente, se echó hacia atrás.
- Eh, no haga caso, señora -se adelantó Jack, sonriente; la señora frunció el ceño, poco convencida- Verá, esta chica es checoslovaca, sólo sabe decir unas pocas palabras y, claro, siempre dice cosas raras, ¿verdad? ¿tistenja? ¿Ja bana vi stestza?
La gente dejó súbitamente de hacerles caso. Ali se echó a reír: la imitación de checoslovaco era muy mala. Pero le hizo gracia porque el propio Jack era extranjero, había nacido en Australia, y, aunque llevaba años aquí, él sí que decía cosas muy raras a veces. Dejó de reírse cuando se fijó que Alex fumaba, mirando por la ventana, ajena a ellos.
Alguien -el vigilante de seguridad del metro- encendió una radio y escucharon las noticias: los daños, los heridos. También dieron los nombres de las ciudades que estarían a partir del día siguiente en alerta roja y debían ser evacuadas, algunas para siempre: el mar iba a cubrirlas como ya había pasado con Venecia, Cádiz, Amsterdam y parte de Atenas.
Fuera, el ciclón empezaba a amainar y pronto podrían volver a casa. De repente Ali tuvo unas ganas terribles de volver, de sentarse en el sofá y cenar temprano, con sus padres, viendo una película. Algo la había puesto nerviosa. Las caras de la gente, quizá. Ali estaba acostumbrada a los tifones, los apagones, las tormentas de hielo y la contaminación que les impedía respirar con normalidad: las cosas eran así desde que podía recordar. Pero, pensó, tal vez esto no es lo normal.
La lluvia cesó de repente, y el sol apareció como si nada hubiese ocurrido. El guarda abrió las puertas y la gente empezó a salir. Por alguna razón, Ali no podía separar la cabeza del cristal. Aún estaba nerviosa. Al otro lado de la puerta, vió a Alex alejándose. Jack golpeó en el cristal.
-Vamos, Ivana.
Ali se dejó llevar afuera. Se dio cuenta por primera vez de que estaba chorreando: la ropa mojada se le pegaba al cuerpo y sus pies hacían un curioso ruido de chapoteo al andar. Empezó a temblar con el aire frío del exterior.
Caminaban los dos en silencio, hasta la esquina, donde Alex les esperaba terminando su cigarrillo; arrojó la colilla al suelo y la apagó con un pisotón firme, sin mirar a los chicos que acababan de llegar a su lado.
- Dile a Silvia que nos vemos el sábado, en la fiesta de Paulo- dijo Alex a la chica, hablando por primera vez y sin mirarla más que un segundo.
Ali asintió, con el cuerpo estremecido de frío. Se dio la vuelta y emprendió el camino a casa.
Nada más abrir la puerta, ya notó que sus padres estaban dentro y esperó la riña habitual. Su madre asomó la cabeza desde la cocina:
- ¡Jesús, Ali!- Se secó las manos en un paño y se acercó a ella- ¡Estás empapada! Vamos a cambiarte.
Cuando entraron en el cuarto de la chica, su madre la sentó en la cama y empezó a quitarle la ropa. Ali apenas se movió mientras su madre se iba y volvía con una gran toalla verde, y empezaba a frotarle el cuerpo para que entrara en calor.
- Bueno, dime ¿Qué habéis descubierto hoy?
Esto era nuevo: su madre preguntándole por su experimento, en lugar de echarle la bulla de siempre. Generalmente empezaba con algo así como: "Pero Alicia ¿no sabes que estás poniendo tu vida en peligro?" Y terminaba con: "Tienes que empezar a comportarte como una persona adulta, Alicia". Pero hoy no había reproches. Ni nombres completos. Ali tragó saliva.
- Pues, hemos descubierto, creo... creo que los vendavales vienen del este.
- ¿Del este?
Su madre dejó de frotar y la miró con cariño. Le plantó un beso en la mejilla que Ali no comprendió. Se sintió incómoda: ya no era una niña pequeña, pero su madre no se enteraba. Sólo seguía secándole el pelo.
- Hoy tu padre ha alquilado una película, ya sabes cómo está la tele últimamente. Y tenemos tu comida favorita, pollo frito en escabeche.
- Mmmm, ¿Y eso?
Su madre se encogió de hombros. De pronto, Ali recordó algo:
- Mamá, no puedo. Tengo que estudiar, mañana es el examen de derivadas y el Huesudo, o sea, Jacinto, el de Matemáticas es... bueno, es un hueso. Vamos… que tengo que estudiar.
Su madre se levantó. Abrió un cajón y le dejó un pijama sobre la cama.
- No te preocupes, mañana han suspendido las clases, por el tiempo.
- Ah
Pero en lugar de alegrarse, Ali se quedó preocupada. Otra vez sin clase, ya iban 11 días en el último mes.
- Vístete- dijo su madre mientras salía por la puerta del cuarto- empezamos a comer en seguida.
Ali terminó, se bebió un zumo de naranja que le había traído su madre ("para evitar el resfriado") y entró en el baño. Tras enfadarse como siempre al verse en el espejo, se peinó y se lavó las manos. En el comedor ya estaban sus padres, esperándola.
- Hombre, ha llegado Alicio...- Bromeó su padre.
- ¡Eduardo! - La madre salió en su defensa, pero riéndose- No le hagas caso, estás muy bien con ese corte de pelo.
El padre asintió, mientras Ali se sentaba y empezaba a comer. La chica se dio cuenta de que nadie encendía el televisor. No le importó: ella tampoco tenía ganas de ver las noticias.
- Me ha llamado el director del instituto.- dijo de pronto su madre.
Por un momento, Ali se preocupó. Pero ¡qué tontería! No tenía porqué. Ali tenía las mejores notas de su clase.
- Sí, me ha dicho que vas muy bien.
- Pues...- Ali no supo qué decir. Bostezó: el día había sido duro.
-¿Está bueno el pollo?
La chica asintió a su madre, mientras masticaba.
- La receta es de tu abuela.- dijo su padre, sonriendo al ver la reacción de su madre.- Es broma...Y de todas formas Ali ya sabe que es tuya.
-Sí, ya lo sabía- añadió ella, riéndose. Pero su madre no estaba enfadada, también sonreía, aunque haciéndose la ofendida.
-Ali- dijo su padre, mirándola fijamente- ¿Conoces el cuento de la liebre y la tortuga?
Ali dejó el tenedor a medio camino de la boca: desde luego sus padres estaban hoy muy raros. Primero no la reñían, y ahora esto. No pudo evitar bostezar de nuevo, se caía de cansancio.
- Pues claro, papá, cómo no voy a conocerlo.
-Ajá- respondió su padre, misteriosamente. Su madre comía, sin mirarles- Y dime... tengo una curiosidad, ¿Porqué crees tú que la tortuga ganaba la carrera al final?
Desde luego, esto era lo más estúpido que... Ali volvió a bostezar, estaba muerta de sueño. Apoyó el codo en la mesa y dejó caer la barbilla en su mano.
- Pues supongo que...- dejó el tenedor sobre el plato y contuvo otro bostezo- supongo que, porque era una cabezota, ¿no? Era imposible que ganara, pero ella seguía, y seguía.. y...
No pudo evitar que se le cerraran los ojos. El sopor la venció de pronto y sentía el cuerpo pesado, como clavado a la mesa. Creyó sentir que alguien la cogía en brazos y la metía en una cama.
A la mañana siguiente, al igual que Jack, Alex y otros seis chicos, despertó en la nave espacial, el Estela Polaris.
Habían estado viajando, hibernados, durante 5 años.
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