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Imprecisión del verbo transitivo

18-01-2005
(registrado en Propiedad Intelectual)

Cuando BJ se despierta hace ya media hora que su marido se ha
marchado al trabajo.
Como todos los viernes, y como casi todos los días, BJ desayuna un café solo, sin azúcar, mientras escucha el programa matinal de la radio. Después, como casi siempre, se da una ducha. Una ducha prolongada, primero con agua caliente y después fría.
Al salir de la ducha, BJ suele contemplar la imagen de su cuerpo en el espejo aún empañado del cuarto de baño. Se coloca frente al cristal y adopta diferentes posturas. De lado, de frente, de medio lado. Con el pelo recogido. Se contempla largo rato, recorriendo todas las curvas, pecas, pliegues y pequeñas arrugas de su piel de 37 años. Después se viste y empieza a maquillarse.
Como todos los viernes, y como casi todos los días, BJ fuma el primer cigarrillo sentada en la terraza. Hoy hace un día soleado, brillante. La calle está llena de mujeres que arrastran el carrito de la compra, que pasean a sus perros, que charlan con sus vecinas.
Bj las observa mientras termina el cigarro, mientras lo apaga contra el suelo de baldosas de imitación de mármol blanco Macael. A lo lejos una joven –no debe tener más de 22 o 23 años- se ajusta la mochila a la espalda, se monta en una moto de color rojo y desaparece al final de la calle. BJ la sigue con la mirada unos segundos.
Recoge un poco la casa antes de ponerse a trabajar. Primero pasa la escoba y después quita el polvo a los muebles, a los jarrones y a los cuadros, por este orden. Se detiene especialmente en un óleo que representa una joven con alas, una versión de la Victoria de Samotracia en estilo Art Nouveau. Después friega los platos del desayuno y por último, como siempre, riega las plantas, empezando por los ficus benjamina de la terraza hasta llegar a los helechos del recibidor. Se sirve otro café solo, sin azúcar y enciende su segundo cigarrillo antes de empezar a trabajar.
BJ realiza el mismo trabajo desde hace casi 10 años. Dibuja esos ábumes para colorear que se usan en las escuelas. BJ dibuja despacio, con mimo, fumándose el tercer cigarro del día. En la radio suena el Concierto nº1 para Piano de Tchaikovski. Como cada viernes, sin excepción, Alex, la llama por teléfono a la hora de comer.
-Cariño, soy yo – le dice siempre - ¿qué haces?
-Estoy terminando este dibujo, ya sabes, aquel de…
-Cielo, ¿a que no sabes qué me ha pasado?- dice él, siempre impaciente. Como cada viernes, BJ finge no saber.
-No, ¿qué te ha pasado?-responde la mujer.
-El encargado de fusiones y adquisiciones se ha pasado por aquí y he tenido la ocasión de invitarle a cenar ¿no te importa, verdad?- dice Alex.
-No- responde la mujer, como siempre.
-Es una gran oportunidad para nosotros, cielo. Vendrá esta noche a las ocho y media, con su mujer. Podrás prepararnos tu deliciosa lubina marinera ¿verdad? A los Reverte les encantó- dice Alex, riéndose. Su risa resuena como un eco a través del hilo telefónico.
-Pues no sé, Alex, aún tengo que terminar el dibujo, tengo que entregarlo dentro de…
-Vamos, Bárbara. Este Sáenz es un pez gordo de la empresa, cariño. Podría recomendarme muy bien, ya lo sabes. – dice Alex.
-Está bien- responde la mujer con una voz sin tono. Y como cada viernes, abandona el dibujo a medio hacer y se pone a limpiar el piso a fondo. A limpiar los cristales, los espejos, el cuarto de baño, a fregar el piso. Suele encender su cuarto cigarrillo antes de empezar a encerar el suelo. Como cada viernes.
El quinto, sexto, séptimo, octavo y noveno cigarrillo del día caen siempre entre las dos y las siete de la tarde. Mientras BJ toma un almuerzo frugal, algo de pescado cocido o una ensalada. Mientras termina algún dibujo para el álbum de este mes. Mientras repasa el periódico. Mientras se sienta en la terraza y el sol de media tarde ilumina su rostro unos minutos. Mientras contempla a los matrimonios recogiendo a sus hijos del colegio y se toma otro café y el televisor de la vecina le transmite el último episodio del culebrón de sobremesa.
A lo lejos, una joven –no debe tener más de 25 años- se despide de sus amigas y monta en bicicleta. BJ la contempla hasta que desaparece al final de la calle y entonces enciende otro cigarro.
A las seis y media BJ comienza a preparar la salsa de la lubina marinera. Corta la cebolla, rebana el puerro, la zanahoria y añade cuatro cucharadas de aceite. Lo adereza con una pizca de maicena, una cucharadita de brandy, hinojo, perejil, unas gotas de tabasco. En la radio, unos violines desgranan los primeros compases de la Belle nuit de Offenbach. BJ mira el reloj: casi las siete. Comienza a limpiar el pescado deprisa. El cuchillo le hace un pequeño corte en el dedo anular. BJ deja que unas gotas de sangre resbalen por su mano antes de meterla en agua fría.
A las siete y media, BJ se viste. Escoge un traje oscuro, sobrio. Discreto. Se maquilla, sólo un poco. Pone la mesa. Enciende el undécimo cigarro justo en el momento en el que llega Alex.
Alex entra en el piso sin cerrar la puerta, deja el maletín en el suelo y da un beso apresurado a la mujer, que tiene que apartar el cigarro con un gesto nervioso.
-¿Qué? ¿Todo listo?- dice Alex, descolgando el cuadro Art Nouveau de la joven con alas. La mujer asiente dando otra calada al cigarrillo. Lo apaga a medio fumar.
-¿Y la lubina? ¿a la marinera? – dice Alex, sin mirar a la mujer. Coge el cuadro y lo coloca en la entrada, sin colgar, sobre la mesita del hall, apoyado contra la pared. Entre dos jarrones imitación de cerámica mexicana.
-Bueno, cariño, ya llegan los Sáenz, les he dejado aparcando el coche. –dice Alex. Se acerca a la mesa y comprueba que todo está perfecto.- Bárbara, no has puesto las copas de Murano…
-Se las prestamos a tu primo ¿recuerdas? –responde la mujer. Alex suspira, cogiendo uno de los vasos de vidrio, observándolo con gesto de desaprobación.
-Vaya, con estos vasos no sé qué impresión…-
En ese momento los Sáenz asoman la cabeza por la puerta sin cerrar y Alex se apresura a recibirles. En el hall se detienen frente al cuadro de la joven con alas estilo Art Nouveau que Alex ha colocado encima de la mesita. A los señores Sáenz parece gustarles mucho.
-Lo pintó mi mujercita, Bárbara, hace ya muchos años… -dice Alex., riéndose. Y su risa resuena como un eco en el recibidor. Les conduce hasta el salón y les acomoda en la mesa.
Se sirve la cena. Alex y el señor Sáenz hablan de negocios, de la empresa, de política. La señora Sáenz alaba el exquisito gusto de la anfitriona, la excelente lubina, la elección del vino, el delicioso postre, flan con piña.
-Entonces es usted pintora, Bárbara- pregunta el señor Sáenz, mientras ella le sirve una segunda ración de flan.
-No, no…-responde Alex- trabaja en libros infantiles, de ésos de colorear dibujos.
-Oh, pues es una lástima- dice el señor Sáenz, tomando algo de flan con piña- Ese cuadro es bonito, muy bonito ¿verdad Cristina? ¿Como es que no sigue usted pintando?
La mujer deja su cuchara y mira a Alex. Alex la mira.
-Lo dejó- dice Alex.
-Lo dejé- dice ella.
Cuando terminan el postre el señor Sáenz les invita a tomar café en Le Bourgois. Alex acepta encantado. Su mujer no dice nada: recoge los platos. Y los vasos de vidrio. Guarda en el frigorífico el flan con piña que ha sobrado. Enciende un cigarro en la cocina. A oscuras. Escucha cómo los señores Sáenz bajan a buscar su coche.
Alex entra y enciende la luz.
-Vamos cariño. Vas a ver qué sitio tan increíble es ese café. Allí hasta las servilletas cuestan una fortuna…- dice Alex. La mujer no le mira. Da otra calada al cigarrillo.
-¿No habías dejado de fumar, Bárbara?- dice Alex- -Vamos, los Sáenz, nos esperan abajo. ¿Te traigo el abrigo, cariño?- La mujer dice que no con la cabeza. Contempla ensimismada la pequeñísima cicatriz en el dedo que le dejó el corte del cuchillo esta mañana.
-Cariño ¿qué pasa?- dice Alex. Se acerca a la mujer, sin tocarla.
-No voy a ir, Alex- dice ella.
Alex suspira y tamborilea con los dedos en la encimera de la cocina imitación de mármol Buixcarró color crema.
-¿Por qué? Bárbara sabes que es muy importante para mí. Para nosotros. –dice Alex.
La mujer sigue fumando en silencio. Apaga de nuevo la luz de la cocina.
-Me duele un poco la cabeza- responde finalmente la mujer, con una voz sin tono.
Alex suspira, se encoge de hombros y sale de la cocina. La mujer le acompaña hasta el hall. Alex coge la cartera y las llaves, sin volver la cabeza. Sin mirarla.
-Me voy- dice.
Abre la puerta. Sin volver la cabeza. Sin mirar a la mujer que fuma.
-¿No me vas a dar un beso?- dice Alex. Su voz resuena como un eco en la escalera del bloque. La mujer no dice nada. No hace nada.
Alex sale dando un portazo.
El cuadro de la joven con alas estilo Art Nouveau resbala de la mesita del hall y cae al suelo. El cristal se rompe con un ruido seco.
BJ termina el cigarrillo y se agacha para recoger el cuadro.

Categoría: Relatos 2 Comentario(s) & 0 Referencia(s)



Referencias


Comentarios
Comentario hecho por Isabel, el día 19-05-2005h.
Es perfecto Diana y fiel reflejo de muchas realidades, lleno de detalles de sutilezas. Me ha impresionado de veras.

Comentario hecho por Enrique, el día 31-12-2007h.
Muy bueno. Me ha encantado, en serio. Yo suelo escribir a ratos. Y tengo algo parecido, al menos en el sentimiento final del relato. Tienes un estilo que me gusta, de frases cortas y precisas. De hecho, yo uso ese estilo (quizá demasiado). Si te parece te puedo mandar algo de lo que hago, y me lo "criticas" a tu antojo.
Me fascina encontrar sitios como este, donde la gente demuestra que tiene algo dentro. Felicidades.



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